jueves, julio 30, 2009

AGOSTO
I. Ya le he dicho cuántas veces? Parece que usted está pavo o qué? Apenitas salidito el día las ventanas y las persianas bien altas para que entre el aire nuevo. Pero cuando vea al sol ponerse más bravo, a eso de las once, le cierra todo, ventanas, persianas y todo, sino me deja la casa ardiendo. No recuerda como lo hacía papi? Entonces llegábamos de estudiar y nos tenía la casa fresquita. Y por la tarde, cuando el sol se queda en chispas, abría todo para que pase el río. Un río fresquito de aire hondo, decía. Decía que no era el aire de Vallecas ese, no. Decía que ese aire, que nos devolvía el alma en pleno agosto, venía de nuestra tierra, desde allí venía porque no se olvida de nosotros. Se acuerda? Mamá nos llamaba para ponernos los cuatro frente a la ventanita del salón, frente a la persiana cerrada y papi decía: “respiren hondo, mis amores”. Y con fuerza nos abría la ventana primero y la persiana después para que pase el río. Río hondo de aire fresco, decía. Déjelo pasar, déjelo entrar.
II. La casa parece recién bañada. En la habitación de los niños los cuentos forman en la biblioteca una escalera descendente que va desde el Libro de las Hadas, inmenso y majestuoso, hasta el de Tito, el Oso que no quería dormir, que es el más pequeño, con sus hilos de colores colgando y casi acariciando la caja de rotuladores. La ropa tendida hace dos horas ya debe de estar secándose. El sol del verano aquí no es como el de la costa. En Madrid, en un rato la ropa se seca y se va quedando tiesa, como hoja muerta. Al destenderla parece que se fuera a quebrar. No tiene como allí, ese olor a sal y a mar, esa docilidad amable que la hace envolver los cuerpos con dulzura y respeto, adaptándose y acomodándose a las curvas de cuerpos ya maduros. La cocina, impecable, espera en vano manos que derramen sobre la loza harinas, condimentos, levadura. La comida ya está hecha y espera en un lugar helado que la protege de un verano como este. Las persianas están bajadas, como quiere la señora, hasta las siete u ocho, hora de abrirlas para que entre el río hondo de aire fresco. La casa parece recién bañada y eso está bien porque ya es hora de buscar a los niños. Luego será parque y merienda hasta que se hagan las ocho horas. Hora de volver a casa.
III. Además de tener que quedarme en casa solo todo el día mira que me voy a andar fijando de bajar persianas y ventanas y todo eso esta está loca se piensa que quiero pasarme los días en una cueva por poco no me compra murciélagos así directamente me convierto en drácula si además que me dejan solo no me dejan ni bajar a la piscina porque claro como a mami no le gustan mis amigos y encima esta se hace la rica y le silba la oreja claro que no me van a dejar ni cuando cumpla diez ni setenta total como no hace calor en esta casa yo un día voy a aparecer seco en el salón me voy a quedar duro como una hoja muerta y ahí sí que se van a arrepentir y van a pensar pobrecito no debimos dejarlo aquí solo y menos en un lugar como este con esta calor debimos mandarlo a la tierra cuando se fue papi eso van a decir y ya van a ver así que yo voy a abrir las ventanas porque a quién se le ocurre que para que no haga calor hay que cerrar todo al contrario hay que abrir todo para que se pase el río fresco de aire hondo.
IV. Ancízar es padre de dos hijos, una niña de quince años y un niño de diez. Los hijos viven con su madre, de quién se ha separado recientemente luego de una larga vida en común. La situación de desempleo que atraviesa desde hace más de quince meses le ha afectado notablemente en su situación personal y ha deteriorado mucho sus relaciones familiares. Manifiesta su deseo de regresar de manera voluntaria y su compromiso de no retornar a España en los próximos cinco años. Decide regresar solo porque quiere que sus hijos continúen sus estudios en España. Su situación actual previa al viaje es delicada ya que no dispone de vivienda y va durmiendo a veces en casa de sus hijos y a veces en albergues. En la entrevista se muestra desorientado, mirando de manera insistente puertas y ventanas y contesta con dificultad las preguntas que se le plantean. Declara repetidas veces con preocupación su necesidad de viajar antes que llegue el verano, momento en el que va a estar “respirando el rihondo” según sus palabras.
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* Todos los nombres de personas que aparecen en este texto así como la situación familiar que narra el informe son ficticias.

viernes, junio 12, 2009

CHAVALÍN Y LOS PINTAMONAS

Es un chavalín, pero ya va aprendiendo las dos o tres cosas importantes de la vida: pez grande se come a pez pequeño, la mala vida no es un camino de rosas y nunca confíes en el Puma. Parece que el Puma coordinó la operación. Juntó a dos del staff y chavalín se sumó aunque no lo necesitaran. Liquidaron el asunto con rapidez y llegado el momento del reparto del botín, chavalín quedó esperando su parte, que nunca llegó. Le tocaban diez euros según sus propios cáculos. Con el Puma desaparecido, seguramente ocupado en asuntos más importantes que arreglar cuentas con un niñato de once años, le tocó a los dos lugartenientes de la operación escuchar los chillidos de dolor y odio de chavalín. Las lágrimas de impotencia le ahogaban y no le daba el aire para soltar sus insultos ante tamaña injusticia. De los ochenta euros que habían levantado no le tocaba nada. El porcentaje más alto se lo llevaba el Puma que ni siquiera se había molestado en entrar al trapo. Aguardó fuera hasta que todo estuvo resuelto y se llevó la mejor parte. Y chavalín, por ser un niño, le tocaba pagar derecho de piso, poner el pellejo y quedarse sin nada. Su idea de la justicia, de que nadie debía ser más que nadie y que todo debía repartirse a partes iguales, daba una clara noción de su inexperiencia en el manejo de los códigos de la pequeña delincuencia de barrio. Los otros dos aguantaron el chaparrón sin dar muchas explicaciones y permitiendo a chavalín su enfurecida descarga, aunque parecían soliviantarse cuando les llamaba “Pintamonas” o “Pipas”, insultos intolerables para un vallecano de ley. Al pequeño justiciero no parecía importarle una más que probable paliza de sus dos antiguos amigos, y ahí seguía firme, casi estoico, aguantando el tipo ante dos grandes de quince o dieciséis, a los que llamaba de todo.

Desde la ventana de arriba, los gritos y aullidos de chavalín nos sacaron de la rutina de nuestro trabajo. Y en el medio de tanto grito y tanto caos descubrimos a un niño con un valor que más de uno quisiera tener, capaz de enfrentarse a tipos más grandes que él, y al Puma si hiciera falta, por defender su idea de la justicia, o su rebeldía ante lo que consideraba evidentemente injusto. Se le iban las tripas de tanta rabia al pobrecito. Y nosotros ahí, escuchando.

Días después pensé en chavalín, nuestro vecino, y en la misteriosa razón que lo convierte en un toro desesperado defendiendo lo suyo, capaz de alzarse, de superarse o de rebelarse pero en la dirección contraria a lo que la sociedad espera. Y pensé en nosotros, en mí, incapaz de mostrar la misma rabia, la misma fiereza ante las descarnadas injusticias que vemos día a día. Chavalín corre con fuerza y decisión pero hacia atrás, hacia abajo, hacia lo que probablemente va a destruirlo. Sería bueno que los que estamos del otro lado de la ventana (asociaciones, educadores, trabajadores sociales, medios, partidos políticos), algún día nos preguntáramos hacia dónde corremos nosotros.

jueves, noviembre 09, 2006

Chenoa, Batracio y la camarera del bar

Agarra y dice Batracio, che la ví a Chenoa, la verdad es que está bastante bien.
Qué hijo de puta, pensé en seguida, sonriendo. Es que a Batracio le decimos Batracio por su gran afición desde adolescente hacia los bichos raros, cucarachas, babosas, ratones, los más feos e impresionantes, a los que trataba con verdadero cariño. Afición que más tarde desembocó en una brillante carrera como investigador en el campo de la biología genética, y hace unos años en un también brillante casamiento con una de las chicas más feas (había dos que se disputaban el puesto) de Ciudad Lineal. Su manera de hablar, un poco atolondrada, sumado a sus gafas gigantes y al flequillo sucio que le cae sobre la frente, hacen difícil adivinar la expresión que acompaña cada frase de Batracio, por lo que uno nunca sabe si está hablando en serio o en broma.
Le digo a Batracio, pará Batracio, no seas hijo de puta che, no es tan fea la pobre Chenoa. Me dice no, pará, que te lo digo en serio, o te parece que estoy hablando en joda. Tuve que fijarme bien y en efecto, su cara decía que hablaba en serio. Le comenté que a mi también me gustaba, que me parecía muy mona y que sus canciones, por lo menos las poquitas que yo conocía, me gustaban. Batracio me frenó con la voz un poco elevada y aclaró que a él la piba le gustaba pero ojo, que como cantante le parecía una farsante al igual que todos los que salen de Operación Triunfo. ¡Es un producto, es un producto! vociferaba Batracio en el medio del bar sin darse cuenta que yo
estaba a su lado y no hacía falta ponerse a dar voces. Pero en el bar todos escucharon los comentarios de Batri y comencé a notar que la camarera de la barra se empezaba a poner colorada. En ese momento pensé que estaba teniendo vergüenza ajena, cosa que no hubiera sido ilógica ante un Batracio enrojecido por el vino que hacía que su ya de por sí corta visión se redujera aún más. Y como ve poco, grita, pensando que así va a ver mejor, no sé. Le digo, pará, que la piba es una laburanta, eh, puede ser que al principio la prefabricaron un poco, pero para mi tiene pasta para artista. Escuchame sordo, porque vos sí que estás sordo perdido, gritaba Batracio. ¡A Chenoa la fabricaron con el culo! Si hasta se hizo lesbiana para ganar nicho de mercado. Y encima es fascista ¡Dijo que habría que prohibir Internet! A mi me entraron a sudar las manos escuchando lo que escuchaba y el volumen de los comentarios. Pero cuando noté que la camarera, que tenía unos hombros y unos brazos que ya quisiera más de uno, se estaba arremangando la camisa, supe lo que era el miedo. La vi salirse de detrás de la barra por el fondo y encarar hacia nosotros, roja de furia (no era vergüenza ajena, no) con la camisa arremangada, dejando ver dos buenos tatuajes, uno en cada brazo. Uno no llegué a leerlo, pero en el otro decía “Yo sí amo a Laura”. Recé para que fuese solo un guiño a MTV y ese Laura no fuera el verdadero nombre de Chenoa. Mientras, Batracio seguía con que qué culpa tenemos nosotros, eh, me querés decir? Resulta que el primer y segundo disco se lo hicieron los operarios de la fábrica cuarentaprincincipalista, pero ahora resulta que ella está feliz con su nuevo disco porque dice que pudo participar en la creación y componer algunas letras, me querés decir qué culpa tengo yo! Le digo, por qué no vamos a otro bar, acá me estoy muriendo de calor, dale, tomate lo que te queda del vino y nos vamos. Fue demasiado tarde. Mientras Batracio apuraba el último trago, una mano seca, grande y certera daba un piñazo a la cabeza de mi amigo que golpeaba la encía superior contra la copa de vino e inmediatamente empezaba a sangrar. Toma gilipollas, que te voy a dejar guapo a hostias, capullo, susurraba la camarera a un aturdido Batracio que al ver la sangre se enardeció. Todo el resto del bar estaba de pie, apartados algunos contra una de las paredes, temerosos de ser salpicados por la sangre o de cobrar a manos de la recia camarera. Batracio se zafó de las manos de la chica y empezó a escapar por encima de la barra generando una persecución y un griterío imposible. Vas a criticar a Chenoa delante mío, cabronazo, te vas a comer un bocadillo de dientes soplapollas, gritaba la del tatuaje cuando entre tres la sujetaron y lograron detener su carrera. Batracio aprovechó el momento no para escapar, como hubiéramos hecho todos, sino para subirse a una de las mesas y hacer una de las cosas más absurdas que le he visto hacer. “Me levanto muy temprano, con café en mi mano – recitaba Batracio – Con noticias que son rancias en mis circunstancias” ¡No podés querida, escribir esta cagada, seguro que lo hiciste con faltas de ortografía! Al momento se hizo un silencio absoluto en el bar. Los que sujetaban a la camarera se giraron y sin desatenderla, escuchaban anonadados la letra de la canción que recitaba un sangrante Batracio. “Todo el mundo sigue hablando y nadie está escuchando, sufrimientos que tragar mientras se sigue andando.” Me cago en las ansias creativas de los monigotes efeeme, berreaba mi amigo mientras se le mezclaba el sudor que bajaba de su cabeza con la sangre que seguía saliendo de su boca. El último corte de difusión de Chenoa, “Rutinas”, ese del que estaba orgullosa la artista, estaba siendo recitado e interpretado con exagerados ademanes por un demente sobre una mesa ante la absorta mirada de un público al que se le atragantaba la aceituna por la poesía y el terror. “Caminando entre el tráfico siempre hay atascos. Que me frenan el impulso de saltar los charcos”. Y decime, no sentís el impulso de tirarte abajo de un camión, y dejás los charcos en paz de una vez, caradura! Qué necesidad, aullaba Batracio de rodillas, con los brazos extendidos y la cabeza hacia el cielo raso del bar, qué necesidad tenías de ponerte a escribir! Arrodillado sobre la mesa y exhausto, Batracio comenzó a calmarse y a bajar la voz. Giré la cabeza y vi a la camarera serena, sin forcejear, al lado de uno de los hombres. Había sacado su teléfono móvil y hablaba con alguien que la tranquilizaba se ve, por la sonrisa que le producía la conversación. Ya pasó todo, pensé. La seguí con la mirada y la vi acercarse a la salida. Se apoyó sobre la puerta para tomar aire fresco y recapacitar sobre su actitud, imaginé. Batracio ya se había bajado de la mesa y departía con un grupito del fondo que cada tanto miraban hacia atrás para estar prevenidos por si la cosa se encendía otra vez. Respiré hondo y me fui con unas servilletas a buscar al herido para sacarlo de allí. Pero al llegar a la puerta, la camarera con una sonrisa nos negó el paso. Se van a cagar, lameculos, nos vamos a mear en vuestras calaveras, dijo. Se movió de la puerta y dejó pasar a cuatro mujeres vestidas de uniforme y armadas con bates de béisbol. En las gorras se leían unas siglas: G.O.Di.Ch. Grupo de Operaciones por la Dignidad de Chenoa. A la cuenta de tres se repartieron por todo el bar, cerrando cualquier posibilidad de escapatoria. Lo último que escuchamos fue: Ahora vais a saber lo que es que os folle un pez que la tiene fresca!

Nos cagaron a palos. Literal. Nueve minutos de paliza. Cuando un rato después, nos metían dentro de la ambulancia, Batracio intentó desdramatizar el momento.
“Dibujo todo sin dolor y siento un na na na na sin ton ni son. Qué bueno es...” No pudo terminar porque una de las chicas del GODICH pasó a su lado disimuladamente y susurrándole “Toma comemierda”, le hundió el codo en la boca, haciéndole tragar el último diente que le había quedado sano.
Yo salí hace dos días y a Batracio le queda para rato. En cuanto salga, nos iremos a tomar unos tecitos árabes. Y a hablar de fútbol.

lunes, octubre 16, 2006

Dos accidentes costeros


Giovanonni dijo, o más bien escribió en su examen de Ciencias Naturales, cuando le preguntaron sobre accidentes costeros: “Una chica que se cayó de su lancha cuando hacía esquí acuático”. En aquel sexto grado del colegio primario, Giovannoni sobresalía por su tamaño y por lo bruto que era. El tipo medía mucho más que sus compañeritos de sexto, que éramos especialmente menudos, en comparación a nuestros contemporáneos de otros colegios. Tenía una cabeza grande, buena mandíbula, poblada de encía y dientes, nariz ancha y mucho pelo rubio. Sonreía siempre con un dejo de preocupación, probablemente temeroso de haber dicho alguna burrada y no darse cuenta. Julio Leone, sufría corrigiendo en general, pero el caso de Giovannoni, marcó un antes y un después en su carrera. El hito pareció devolverle el amor por la docencia. Se tomó el ser testigo de la animalada como un reto a sus capacidades, una posibilidad de reencontrarse con su vocación. Y con tiempo, dedicación y mucho esfuerzo, logró que Giovannoni, el grande, sonriera ya sin preocuparse por nada.
El problema de Giovannoni, como todos los problemas de la vida, era el contexto. Probablemente, con el correr de los años, el hombre se fue ubicando en un contexto más favorable, en donde su tamaño y sus capacidades intelectuales no llamaran la atención. Los años suelen suavizar las agudas aristas con las que la naturaleza nos castiga en la infancia y la adolescencia. Seguramente, hoy en día Giovannoni no es perito cartógrafo ni la seguridad nacional depende de sus conocimientos geográficos. Tendrá su profesión, mejor o peor, con la que ganarse la vida honradamente.

El problema aparece cuando el mundo de los sobresalientes, el de esos que han dejado el anonimato se encuentra poblado de Giovannonis. En el caso de la música y específicamente de la música que se difunde en las radios FM existe una impunidad absoluta. En algún momento que no logramos determinar, ha habido un asalto, una violencia. Los guardias jurados que custodian el olimpo de las artes o fueron violados o ese día estaban con cagadera y no fueron a trabajar. Y el resto es historia conocida. Qué diferencia hay entre las aseveraciones del bueno de Giovannoni y las de Andy y Lucas, el consagrado dúo musical flamenco pop-corn? Los muchachitos de la costa de Andalucía afirman en su tema “Hasta los huesos”:

Sé que los horóscopos no ayudan
y que las cartas disimulan
cuando pregunto por ti.

Sé que esto va a ser muy complicado
un giro de trescientos grados
pero todo sea por ti.

Perdón? Excuse me?
Qué pensará la niña a la que van dedicados estos versos? Es probable que haya tenido una crisis de hemorroides, pensando que estos hijos de puta se mandan la parte con tanto amor y tanta leche y al final no son capaces de llegar más que a los 300 grados en su giro. La pregunta es: se pasaron de rosca queriendo hacer uno de 180, que sería lo suyo, o su intención era dar un giro de 360 y en realidad lo que querían era quedarse como estaban, exactamente en el mismo lugar?
Caería de rodillas. Dejaría que me pasaran por arriba los dos, con sus madres a cococho, si es que estos dos son dos genios y querían reírse de todos hablando de una salida secreta exactamente a 300 grados, es decir que una pibita los esperaba en un arbusto ubicado a las 21:40 o por ahí. Pero no lo veo.
Si lo ponemos a Giovannoni como comentarista de National Geographic seguramente generaría disturbios, amotinamientos, atentados terroristas y calamidades de ese tipo. Por qué el mundo no reacciona de igual forma contra Andy y Lucas y contra todos sus secuaces? El bueno de Giova, muy prudente él, no trabaja de presentador. “Permítame un inciso”, este blog, lucha para que Andrés y Lucas sí.

PD: Saludos y respetos al talentoso y revolucionario diseñador Stéfano Giovannoni, a Jovanotti, el genio de la canción italiana, a todos los homónimos y especialmente a aquel Giovannoni que me acompaño en mis años de infancia.

sábado, octubre 14, 2006

De cómo comencé a hacer crítica musical.

De chiquito, en casa de Calvete, un amigo de mis padres, jugaba con mis hermanos a la guerra. Todos ellos, mayores que yo, ya estaban enfrascados en una lucha que prometía sangre, balas y un buen rato de diversión. Para la batalla contaban con armas fantásticas que encontraban en los montes cercanos a la casa. Ramas largas y rectas les funcionaban como auténticos rifles. Yo, el más pequeño del batallón, observaba con rabia e impotencia su arsenal, sus movimientos tácticos y su destreza, hasta que en un rincón de la casa encontré un paragüero que llamó mi atención. Dentro, se amontonaban una cantidad de objetos alargados, unas seis o siete varas, rectas, sin imperfecciones, bien proporcionadas y con diferentes colores. Del tamaño de un Winchester original, me llamaban desde el paragüero como certificando que hasta cierta edad, Dios te acompaña y ejerce su justicia. Ahora sí tenía poder de fuego. Silenciosamente tomé una de estas varas y la puse debajo de mi sovaqueti, calzándola bien para no fallar en los disparos. Con el sigilo propio de un niño de mi edad me adentré en el campo de batalla y al primer altercado con el enemigo, sentí que fallaba mi carabina. Como si se me partiera en dos pero se mantuviera unida por un hilo espiritual, el fusil se deshacía en mis manos dramáticamente, como pidiéndome perdón por abandonarme en medio de tan fiera batalla. No recuerdo cómo, pero escapé con vida y en cuanto pude, me metí dentro de la casa y fuí derecho al paragüero. Tomé otra de estas varillas y empotrándomela fuerte en el sovaco me mandé derecho a la lucha. El enemigo, como de costumbre estaba a lo suyo, más preocupado en la lucha entre grandes que en un protoguerrillero de seis años. Por tanto, me dispuse con mi arma nueva a observar desde un lugar protegido y a estudiar mi próximo ataque. El calor que hacía en Escobar en aquellos días hacía que mi sudor y mi nerviosismo se acentuaran. Mis manos mojadas asían fuerte la escopeta, mi salvoconducto, mi roca, mi valuarte. Noté que estaba tallada y su textura resinosa me hacía sentir más seguro. Sabía que por una vez había superado a los grandes con mi arma. Sabía que cuando la vieran, aunque no dijeran nada, iban a aprobar mi presencia entre sus filas y me iban a tomar, por una vez, en serio. Un rato estuve allí sin decidirme a entrar en acción, hasta que absorto en mi fervor guerrero salí de mi guarida gritando alguna consigna que no logro recordar. En medio de la carrera sentí que las fuerzas me abandonaban, que la realidad se había vuelto mantecosa, derretible. Bajo mis manos, el fusil perdía consistencia, se hacía blando, se partía y se volvía a partir, pero sus pedazos se mantenían unidos. Seguía corriendo cada vez con menos energía, como quien se da cuenta de la inviabilidad de la acometida en medio del grito sapucay. Corría sin poder acomodar mi vara de setenta centímetros y quedaba al descubierto entre el fuego cruzado del enemigo que, imagino, se cebaba conmigo. Recuperé el aliento y lleno de furia fui a buscar más fuego en el paragüero.

Llegada la tarde, ya no había más lucha. Lo habíamos pasado realmente bien. Yo me había bajado las siete doble caño que alguna vez me esperaron en el paragüero. Fue entonces que volvió Calvete. En medio de la merienda, en ese estado de cansancio y descuido de quien se sabe a salvo luego de duros combates, sentí sus gritos. Lloraba y gritaba con horror, con espanto y desesperación. Y se me vino al humo.
Encerrado y castigado en el altillo de su casa pasé horas enteras entre lágrimas y mocos resecos. Sus malditas velas chinas de ceremonial budista habían sido destrozadas por algún descontrolado y me echaban la culpa a mi. Los pedazos se habían mantenido unidos por la mecha pero ese detalle no apaciguó a Ricardo Calvete, que me dejó horas de horas encerrado con llave en su altillo, con la única companía de una radio que de a poco fue consolándome y confortando mi ánimo. Fue la primera vez que escuché Los 40 Principales.